En cualquier lugar del mundo y en cualquier momento del año más de una persona se ha dirigido hacia su hogar luego de un largo día. Aquellos en los cuales uno se enfrenta a largas horas de trabajo, a trámites interminables, a duros entrenamientos físicos y, en ocasiones, a todos estos desafíos en un mismo día. No importa la edad, el sexo, la religión, la apariencia física. Muchos deben lidiar con todo esto durante gran parte del año. Y seguramente en más de una ocasión se han sentido cansados, agotados y hasta amargados.
Al alejarse de la locura de la ciudad esta gente se interna en calles mas calmas. Calles en donde se activan los sentidos ante la oscuridad, el silencio, la soledad. En esos momentos ¿nunca han escuchado las voces que sales dentro de las casas? ¿Nunca han percibido el olor de las comidas que se comparten en las moradas?
Seguramente si. Y más si, cuando se dirigen hacia sus casas, las agujas del reloj se encuentran entre el ocho y el diez. Periodo en donde las familias más numerosas se juntan en una enorme mesa a disfrutar de la cena y de una larga conversación; en donde las parejas recién consolidadas comparten alguna comida sofisticada bajo la luz de las velas para que el amor no deje de crecer; en donde los solteros comen alguna comida de rotisería o abren alguna lata de conserva pero siempre acompañados de algún amigo, de su mascota o de su familia a través del teléfono.
Y parece inevitable que despierte dentro de uno una sensación. Un fuerte sentimiento que tiene el poder de acabar con la insistente amargura, con el duro cansancio físico y mental con cualquier tipo de estado de negatividad. Que genera ganas de correr hacia nuestras casas, sin pensar en nuestras pobres piernas cansadas, solo para encontrarnos con nuestra familia, con nuestro perro, con nuestro vecino. Ganas de compartir algo, lo que sea: una conversación, una comida, un programa de televisión. Siempre presente la necesidad de juntarse.
Este sentimiento no tiene nombre, pero si un fuerte efecto. Y siempre que se activa tiene efectos positivos. Por eso no existe mejor remedio para cualquier problema que percibir el olor a familia.
Por Federico Bautista.

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