Una vida bajo el agua.
Era una hermosa tarde de Enero del verano pasado. Yo estaba disfrutando de un día de playa estupendo. Me acompañaba mi familia y unos amigos de Capital Federal. Todos los años veranean en Mar del Plata. Había olas enormes y bien formadas. Mis amigos y yo decidimos entrar al agua con nuestros bodyboards y nuestras patas de rana.
Como las olas eran fuertes se hacia imposible entrar nadando desde la orilla. Además, la corriente hacia el Sur no ayudaba en nada. Entonces decidimos arrojarnos desde la escollera. Ya en el agua, nos unimos al grupo de surfistas que esperaban una buena ola. Sus caras demostraron no estar muy conformes con nuestra llegada. No debería existir esta rivalidad entre el surf y el bodyboarding. El equipo y la forma de la tabla utilizada es distinta, pero el objetivo es el mismo: tomar olas y disfrutar de ellas. Son como deportes hermanos. Esta enemistad se acabaría si cada uno respetara las olas de los demás y fuera un poco mas sociable.
Ese día nadie parecía querer compartir el grandioso espectáculo de olas. Presencie varias discusiones entre algunos deportistas, furiosos por haberse caídos de sus tablas al chocar entre si. Por suerte, yo ni ninguno de mis amigos tuvimos que confrontar con alguien.
En un momento del día el mar pareció calmarse por completo. Las olas desaparecieron y solo podía sentirse el silencio. Un amigo se quejo: “Che, salgamos que ya no hay mas olas. Tengo un triple de milanesa en la mochila y ya me esta picando el bagre.” Luego de reírme un poco por sus ocurrencias, le conteste: “Que raro vos con hambre. Como no pude agarrar muchas olas y, como no me vas a convidar de tu comida, prefiero quedarme. Si querés andáte impaciente. Lo único que logras es alterar a todo el mundo. Aprovecha y desfruta del paisaje”.
De repente, otro de mis amigos grito “¡Tsunami!”. Una pared de agua comenzó a levantarse mientras que se aproximaba hacia nosotros. Estaba muy lejos. Aterrorizados, todos comenzamos a nadas hacia la ola. Nadie quería que rompiera delante suyo. Sentí envidia por aquellos que gritaban en forma de festejo al lograr sobrepasar al coloso de agua. Por desgracia, yo me encontraba entre la gran mayoría que no había logrado pasar a la zona segura. Luego sucedió lo pero: a cinco metros delante de nosotros la ola rompió.
Muchos quedaron paralizados y chocaron de frente a la ola. Experimente pánico al ver el paredón de espuma que se me acercaba. Reaccione lo más rápido que pude. Casi instintivamente hundí mi tabla con las rodillas y metí mi cuerpo bajo el agua. Pero ni el profesional mas experimentado hubiera podido filtrar esa ola. Cuando la espuma paso sobre mi comenzó a sacudirme bruscamente. Me aferre a mi tabla y comencé que todo ya estaba por acabar. Pero no fue así. Giraba sin control mientras que me hundía más y mas. La desesperación hizo que abriera la boca en busca de oxigeno. Pero no lo encontré a dos metros bajo el agua. Luego de quince segundos Salí a la superficie lleno de angustia y con un gusto asqueroso a agua salada, que iba desde mi boca hasta mis pulmones.
Uno por uno, mis amigos y los demás surfistas comenzaron a aparecer desde lo profundo esparcidos por toda el área. Tosían y arrojaban manotazos hacia todos lados para sujetar sus tablas. Tome una ola que me dejo en la orilla. Mire hacia el mar y no había casi nadie, solo aquellos que no sufrieron la fuerza de la ola mas grande que vi en persona. Igualmente sigo practicando este deporte y he aprendido a no desesperarme bajo el agua. Lo mejor en este tipo de situaciones es cerrar los ojos y esperar una vida bajo el agua.
Federico Bautista
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